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Cómo Dubái ha convertido el exceso en identidad

Dubái proyecta una calle pavimentada con oro y reabre el debate sobre el urbanismo extremo como herramienta de marca urbana.

Cómo Dubái ha convertido el exceso en identidad
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La arquitectura y el urbanismo han utilizado históricamente materiales extremos y gestos desmesurados para comunicar poder y excepcionalidad. En ese linaje se inscribe ahora Dubái, que ha anunciado la construcción de una vía hecha literalmente de oro dentro del futuro Dubai Gold District. El proyecto, presentado a finales de enero, coloca de nuevo al urbanismo extremo en Dubái en el centro del debate global sobre cómo las ciudades construyen su identidad.

El anuncio juega deliberadamente con uno de los tópicos más asociados al emirato: la idea de una ciudad donde la riqueza se vuelve paisaje. Aún no está claro si el oro se utilizará de forma estructural, decorativa o meramente simbólica, un matiz crucial desde el punto de vista urbano. No es lo mismo una calle funcional que un gesto escenográfico, especialmente cuando se analiza su impacto en el uso cotidiano del espacio público.

 

Arquitectura-espectáculo y turismo urbano

La idea de “bañar” la ciudad en materiales nobles no es nueva. En la Roma imperial, avenidas y plazas se pavimentaron con mármoles importados para exhibir dominio económico y logístico. En el barroco europeo, ejes urbanos de París o Madrid recurrieron a piedra de alta calidad y ornamentación excesiva para convertir la ciudad en un escenario permanente de poder. No era oro literal, pero sí una arquitectura icónica al servicio del mensaje político.

El siglo XIX introdujo otra variante del exceso: la fascinación por materiales y técnicas al límite. El Crystal Palace, construido casi íntegramente en hierro y vidrio, fue un hito simbólico de modernidad, pero también reveló fragilidades estructurales que acabarían en su destrucción. La lección urbana fue clara: el impacto visual no siempre garantiza durabilidad ni resiliencia.

En el siglo XX, Brasilia llevó la ambición al plano urbano completo. Diseñada como ciudad futurista desde cero, priorizó avenidas monumentales y edificios escultóricos de hormigón. El resultado fue impresionante como imagen aérea, pero problemático en la experiencia diaria: largas distancias, dependencia del automóvil y espacios poco humanos. Un recordatorio de que la metrópoli no se mide solo por su forma, sino por su habitabilidad.

Más cerca en el tiempo, proyectos como Neom han elevado el listón de la espectacularidad urbana hasta rozar la ciencia ficción. Pensada como ciudad futurista total, su viabilidad logística y económica sigue siendo cuestionada. Para muchos urbanistas, se ha convertido en ejemplo de cómo la ambición sin anclaje en la realidad puede quedar atrapada en renders y maquetas.

El oro como estrategia económica y territorial

En el caso de Dubái, la futura calle dorada se integrará en la reconversión del histórico Gold Souk de Deira, un área que concentra cerca de mil comerciantes de oro y joyería. Emiratos Árabes Unidos es uno de los grandes nodos globales del comercio físico de oro, y el proyecto refuerza esa marca ciudad ligada a prosperidad, estabilidad y atractivo para la inversión.

La “calle de oro” encaja en una estrategia ya conocida: crear hitos difíciles de replicar para garantizar visibilidad global. Rascacielos récord, islas artificiales, norias gigantes o calles climatizadas responden a una lógica en la que la utilidad cotidiana queda en segundo plano frente al valor como experiencia urbana y reclamo turístico dentro de la planificación urbana orientada al espectáculo.

Este tipo de apuestas no está exento de riesgos. En Oriente Medio, varios proyectos ambiciosos han terminado reducidos o replanteados al chocar con límites técnicos y financieros. La pregunta clave es si la calle de oro será un elemento funcional y mantenible o si quedará como un símbolo llamativo pensado más para reforzar el relato de Dubái que para mejorar la vida urbana.

Más allá del material, la iniciativa es una declaración de intenciones. Dubái continúa apostando por una narrativa donde el exceso forma parte del atractivo urbano. La historia demuestra que algunas de estas apuestas se convierten en iconos y otras en advertencias. El tiempo dirá si esta vía dorada se integra de verdad en la ciudad o si confirma hasta qué punto, en ciertas metrópolis, el símbolo pesa más que la lógica urbana.